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El otro cantar de Agapito Robles

Algunos dicen que Agapito Robles se convirtió en puma y así burló a sus perseguidores. Otros comentan que aún duerme en la cárcel. Nosotros lo hallamos en su estancia de Yanacocha, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar, congelado en el tiempo, pero con ganas de recordar. He aquí la crónica sobre un héroe postergado.

Agapito Robles, el héroe yanacochano, con un nuevo corcel.


Por: Elvis Villanueva B.
A 90 años del nacimiento de Manuel Scorza, uno de sus personajes lo recuerda como un hombre calcinado por las injusticias. Aquel líder de las reivindicaciones indígenas de 1962 es el personaje de poncho multicolor que bailó en las comarcas de un hacendado. Agapito Robles ha sobrevivido a todo. Y su vida fuera de esas batallas -ese episodio que no se consignó en El Cantar de Agapito Robles- es parte de esta historia.
– ¿Todavía vive alguno? –dijo, sorprendido, Eduardo Escorza.
–  Sí –respondí–. Agapito Robles, el del Cantar.
Estas fueron las últimas palabras de una entrevista fugaz con el hijo del escritor Manuel Scorza Torres en una cafetería de Surco, en Lima. Eduardo Escorza Hoyle es el primero de los tres hijos del famoso escritor, al mismo tiempo el primero a quien revelo el paradero de uno de los principales personajes de las novelas de su padre: Agapito Robles Broncano.
Ha pasado más de medio siglo y en los lugares como Yanahuanca, Yanacocha o Rancas, en Pasco, la palabra hacendado aún se pronuncia con cierto recelo. Quizá el sigilo de esas voces se deba a todo lo ocurrido en los años 60, cuando –como decía Manuel Scorza– los andes peruanos tenían cinco estaciones: verano, otoño, primavera, invierno y masacre. Cuando los jueces de estas provincias no eran imparciales, sino intocables. Cuando la Guardia de Asalto y los prefectos y subprefectos eran los gañanes adictos y armados de las haciendas.
El novelista Scorza bautizó a las luchas indígenas de recuperación de tierras como La guerra silenciosa. “Una crónica exasperantemente real de una lucha solitaria”, dijo en la introducción de su libro más conocido Redoble por Rancas. Una crónica en la que consignó nombres y hechos reales de los campesinos del centro del Perú y la clave para entender quiénes fueron estos hombres y mujeres que, empujados por la humillación y la miseria, decidieron sublevarse ante el patrón y rescatar sus tierras. El destino ha conservado a un protagonista, uno que, a diferencia de los otros personajes de la novelística de Scorza (Garabombo, El Nictálope o El Jinete insomne), logró liberar las comarcas de un terrateniente.

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Agapito Robles de visita a Huancayo, con unos años menos y su infaltable sombrero.


Agapito Robles ya no se arropa como un picaflor. Ni pinta cruces en los cementerios abandonados, como contaba Manuel Scorza en su novela El cantar de Agapito Robles. Atrás quedaron los ponchos multicolores y los cantos enfebrecidos, ¡wifala, wifala!, que entonaba con voz de trueno como preludio a una matanza de sus paisanos. Y aunque su nombre pareciera la de un niño, Agapito hoy es un señor de 88 años y todavía puede doblegar a un caballo.
– Cuando estoy corriendo con caballo, se ha volteado. Y ahí he roto mi pie –dice Agapito, recordando a Pin Pon, uno de sus jamelgos que pasta en esas tierras llanas que otrora los hacendados quisieron devorar.
Este incidente lo contó hace tres años, un 27 de julio. Para entonces su pierna ya había sanado. Ese día fue una casualidad tenerlo en Yanacocha, pues el hombre más conocido después de Héctor Chacón, el Nictálope, no suele “bajar” a esta quebrada, salvo en días de fiesta o alguna emergencia familiar. Él prefiere dominar la puna: abrirse paso entre sus animales y liberarlos en los confines de su estancia, allá en un pueblito llamado Charquicancha. Allí la nieve es un perenne visitante.
Desde aquella conversación sobre su estado de salud –que es lo primero que sorprende– no volvería a ver a Robles hasta hace unas semanas, cuando alguien comentó que la hija de Héctor Chacón, Juana, la que habría traicionado al Nictálope, había fallecido. Poco a poco, la muerte va desojando la vida de los testigos de La Guerra Silenciosa. El último en irse en ese ramillete fúnebre fue Genaro Ledesma Izquieta, el abogado de las comunidades.
Sin embargo, como buen jinete, Agapito Robles le sacó ventaja a la enfermedad y el olvido.
–Muchos lo han dado por muerto, Agapito –le comento.
–Así dicen… –responde, esquivando el sentido doloroso de la frase.
“¡Pero está bien parado!”, había advertido el profesor Raúl Pérez Chagua, representante del museo de Yanahuanca y fiel admirador del anciano más notable de Charquicancha.
Robles Broncano suele pasar sus días en su alejada estancia, en una casita de barro y dos chozas de laja, al lado de una carretera polvorienta y custodiada por cerros salpicados de ichu.
–Aquí vivieron mis padres, aquí nací –dice, mientras acaricia la mano de un quinual marchito–. Este quinualcito lo sembraron ellos.
El esquelético árbol es una prueba de la magnitud del frío en el lugar. La paja brava es uno de los combustibles que sostiene la vida de los pastores. En la cocina de Agapito, por ejemplo, la champa (pasto seco) hierbe la comida para él y sus dos perras: Lechuza y Chola. Hay una anécdota en las novelas de Scorza sobre otra forma de cocer los alimentos. Un inspector del Gobierno visita la comunidad de Chinche y los chinchinos le organizan un festín. Le encomiendan el trabajo a Garabombo, quien prepara un estofado, pero olvida tapar la olla. El humo de la vicharra se cuela en el estofado  y el resultado fue un potaje con sabor a mierda de vaca que el inspector escupió al primer bocado. Agapito también guarda unos cuantos ladrillos de bosta de vaca para las fechas en que escasee el pasto. Desde que su esposa falleció, ha tenido que descifrar los secretos de su cocina. Afortunadamente, ningún inspector del gobierno lo ha visitado. Corta el excremento y lo mete al fogón, añade a la olla unas cuantas papas negras. Al poco tiempo, el desayuno está listo: papas con agua de lima traída de Huánuco. Los expertos suelen decir que el secreto de la longevidad radica en la alimentación, pero Agapito podría refutarlos, es un espartano andino, solo con esa bola de carbohidratos se sostendrá hasta la media tarde.

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Un viejo quinual marchito es el producto de estos días lluviosos y de nevisca en Charquicancha.


Su padre se llamaba Juan De la Mata Robles Quinto y su madre Nemesia Broncano Gutierrez. En 1930 la pareja lo bautizó como Agapito y fue uno de los siete hermanos que nacieron en la estancia Charquicancha. De niño transitaba entre la puna y la tibieza aromática de los eucaliptos de Yanahuanca; observaba lo que ocurría en el pueblo y le preguntaba a su padre ¿desde cuándo había la maldad? ¿Siempre habían existido los hacendados? Lo sabría años después, cuando ocuparía el puesto de personero de Yanacocha. Mientras tanto, un Agapito adolescente recibía clases de otro personaje recurrente en las novelas de Manuel Scorza: el profesor Eulogio Vento. Un hombre robusto, de rostro rectangular y severo, que fue, de alguna forma, el que encendió la chispa justiciera en su alumno.
Obligado a buscar nuevas labores, Agapito fue a probar suerte a Lima, en 1949, pero la capital habría de ofrecerle un primer obstáculo: era muy grande y estuvo dando vueltas, muchas horas, como un desamparado en la estación de trenes Desamparados. Felizmente yo no me perdí, solo me extravié, escribe, jocoso, Agapito en su autobiografía inédita. Buscó a su tía Isabela en el todavía transitable distrito del Rímac, y ahí empezó a trabajar como repartidor de pan.
En Lima vio también la miseria, las distintas formas de explotación, y empezó por liberarse a sí mismo. Su oportunidad llegó en forma de aviso en el periódico: la Fuerza Aérea del Perú (FAP) solicitaba jóvenes de 19 a 20 años para el servicio militar. Ese año, 1950, ese instituto armado lo acepta por dos años como voluntario. Adentro se chocaría con una realidad distinta a la de los suburbios limeños: la férrea disciplina y el andar siempre con un ojo pegado al compañero, le desencajó el ánimo: La vida militar –anota en su autobiografía– no es como la vida civil, allí mucha disciplina, mucha responsabilidad, las órdenes del Superior se cumplen sin dudas y murmuraciones. Por entonces, Agapito no presagiaba que en 1963 comandaría, como si fuera un militar curtido, a casi tres mil hombres para recuperar las tierras usurpadas de Yanacocha.
Después del voluntariado militar, Agapito decidió adherirse a la Escuela de Policía, pero por falta de educación secundaria el oficio de las botas y la metralleta lo rechazó. Decepcionado, volvió a Pasco, donde un hermano evangélico había montado una panadería en el distrito de Goyllarisquizga, el territorio de las minas carboníferas de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Corporación. La ciudad de Goyllarisquizga, donde una vez cayó una estrella, es descrita por Teófilo Muñasqui como un poblado minero donde no hay tregua posible, los músculos activos y diligentes no pueden guardar un domingo. La avidez de la compañía no puede darse ese lujo. El activo poblado de Goyllarisquizga, ha aglutinado a numerosos hombres venidos de diferentes latitudes ofreciéndoles trabajos en sus negras galerías hulleras (Goyllarisquizga. Explotación del carbón y la voracidad del imperialismo yanqui, p. 218). En esas circunstancias, el joven e imberbe Agapito atiende como administrador de la panadería a esos obreros tiznados de carbón. Y vuelve a sufrir por sus hermanos al ver de cerca el negro rostro de la minería. Decide regresar.

***

Acusado de un crimen que cualquiera pudo cometer

El humo de la danza lo envolvió. Como candela pasó chamuscando los eucaliptos (Manuel Scorza).


Goyllarquizga fue el lugar donde también conoció el amor. Anita Sánchez fue la mujer que apaciguó a este avezado jinete. Con ella y sus hijos, recorrería montes, cárceles y el oprobioso camino de la persecución. Cuando Agapito llegó a ser personero de Yanacocha y aceptó la misión de recuperar las tierras arrebatadas por la hacienda Huarautambo, su esposa le había dicho:
–No dejes tu cargo de la comunidad. Tu apellido defiende, sino van a decir se ha comprado. Hasta mis hijos van a llevar la vergüenza.
Agapito no puede explicar por qué lo eligieron personero, solo recuerda que a sus espaldas se había formado una larga fila de comuneros. Esta era la forma antigua de elegir a las autoridades en la sierra. Robles, de 28 años, asume la personería de Yanacocha. Junto a él, es elegido presidente de la comunidad Isaac Carbajal, el personaje que en la ficción de Scorza se enfrentó a botella partida con el temible juez Francisco Madrid, pero en la realidad trabajó unos meses como celador del municipio que gobernaba la esposa del magistrado.
Al saber la noticia, el profesor Eulogio Vento se alegra y le dice a Agapito: “Hay que sembrar para la escuela”. Por sugerencia del maestro, los comuneros deciden mejorar la escuela de segundo grado de varones 4952. Para su alumno esto significaba entrar en las chacras arrebatadas por Francisco Madrid y Alcira Benavides, “dueños” de Huarautambo. “A buena hora –le dijo a Vento–, hay que ir allá”. Ese fue el motivo para comenzar la lucha.
La comparación con lo narrado en El cantar de Agapito Robles, por Scorza, no difiere mucho de la realidad. Incluso se indica el apellido del caporal que, viendo a Robles y sus paisanos barbechar la tierra, los conminó a abandonar el sembrío y amenazó con denunciarlos ante el doctor Madrid. El chuto Ildefonso, caporal de la hacienda, al ver que los comuneros se empecinaban en sembrar, quemó las semillas y los atropelló con su caballo.
Desde entonces, la hacendada Alcira Benavides y el juez Madrid le echarían el ojo a este “mocoso” que, supuestamente, no conocía, como los antiguos personeros, los verdaderos linderos de la comunidad. Una de las artimañas que el juez Madrid utilizaba para congraciarse con las antiguas autoridades de la comunidad, era haciéndolos sus ahijados y compadres.

«La ojeriza del doctor Madrid contra Agapito Robles alcanzó el extremo de acusarlo de un delito que le costaría una mudanza forzosa de 13 meses a la prisión de Huánuco»

– Él tenía la intención de ser mi compadre –cuenta Agapito, tieso por el frío que se cuela por la única ventana que regala un poco de luz a su casa–, quería bautizar a mi hija mayor. Yo me reía nomás… me habrá dicho dos o tres veces.
Muchos sucumbieron a los ofrecimientos del juez, quien era una especie de reyezuelo en los Andes. El caso más notable fue el de Remigio Sánchez, parodiado hasta el sentimentalismo en la novela de Scorza, Garabombo el invisible, como un jorobado llamado El niño Remigio. De él, Exaltación Travezaño, un comunero que luchó contra la hacienda Paria, dice: el Judas de Remigio Sánchez Vega, quien habiendo sido elegido personero de la Comunidad, tras el mandato fenecido de Juan Lovatón se había convertido en agente de los gamonales y en enemigo de su comunidad (Comuneros que derrotaron a gamonales y militares, pág. 86).
La ojeriza del doctor Madrid contra Agapito Robles alcanzó el extremo de acusarlo de un delito que le costaría una mudanza forzosa de 13 meses a la prisión de Huánuco.
Los peritos firmantes opinan que en la muerte de Amador Leandro Hinostroza (…) hubo probablemente lucha, y la muerte se produjo por hemorragia cerebral (…) El agente traumático, por acción externa, ha podido ser el puño cerrado o empuñando una  piedra, y algún objeto duro, contra el cual chocó la cabeza (Oficio N°5. Autopsia de Amador Leandro al cabo Honorio Minchez Alderete, Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Yanahuanca, 21 de enero de 1960).
Luego de cruzar el Chaupihuaranga, una serpiente de agua que separa a Yanacocha y Yanahuanca, Agapito y su comitiva fue detenido en la subida hacia el barrio Fátima por guardias civiles. El crimen: asesinato de Amador Leandro, el Cortaorejas.
Amador Leandro, nombre exacto que aparece en El Cantar, pertenecía a la servidumbre de la hacienda Huarautambo. Una noche antes había descendido a las calles inclinadas de Yanahuanca para, según dicen, reconciliarse con su exmujer. El hombre calcinado por los ardores del alcohol y los celos, acudió a una cantina para seguir bebiendo. “Abuelita –dice que suplicó Amador a la solitaria tendera del bar–, no vas a contar lo que he estado tomando acá”, cuenta Alejandra Agui, acusada también por la muerte del Cortaorejas.
Hasta este punto coinciden los hechos, pero la autoría del fallecimiento de este hombre nunca se pudo precisar. La primera versión y la que condenó a Agapito a la prisión fue la de Francisco Madrid. El personero habría ordenado el asesinato de Leandro por ser este un espía del juez, y los que lo secundaban acataron la orden de lanzarlo a una zanja.  El testigo del magistrado señaló a Agapito como cabecilla, “a él le he visto, con ropa tal, tal y tal”. Por esa declaración, posiblemente comprada, se fueron al cepo seis personas más: Blas Valle, Felicio de la Vega, Alejandra Agui, Anacleto Minaya, Amador Minaya y Sinforosa Liberato. La segunda versión es la del propio Agapito:
–Dicen que [Amador Leandro] estaba sin comer… inanición… puro trago vivía, borrachito era, pues. Le habría dado aire, o no sé –suspira–. Más claro –se crispan sus cejas ralas–: le había asfixiado Héctor.
La figura del Nictálope es el punto central de la tercera versión. Alejandra Aguí jura y rejura que Héctor Chacón y Amador Minaya fueron los causantes; que, en realidad, Leandro tenía un trapo atracado en la garganta, y que el mismo Chacón, enterrando el rostro, lo había confesado frente al juez de Huánuco.
Un tiempo antes de su indulto del penal El Sepa, en la selva peruana, Chacón había mandado una carta a la revista Caretas tratando, en parte, de esclarecer el asunto:
El que suscribe, Héctor Chacón Reques, (…) sentenciado por el honorable tribunal de Huánuco a la pena de 16 años de prisión, por el pseudo delito de homicidio en agravio de Amador Leandro, hecho que sucedió según lo acomodaron las autoridades [señala a Francisco Madrid] (…) Yo en vista que dichas autoridades [se refiere a Agapito y su comitiva] estaban detenidas sólo tuve que decidir una cosa y sacrificarme por un delito que realmente lo cometió todo mi pueblo (Caretas, n° 437, 1971).
Lo más extraño de este caso es cuán peligroso pudo ser el Cortaorejas para que en su muerte interviniesen ocho personas. Quizá no sea casualidad que este personaje, según cuenta Agapito, haya sido elegido por Madrid para que fuese el verdugo del personero. Y que su fama de belicoso y bebedor lo llevó a pelearse con su propio cuñado hasta el extremo de arrancarle una oreja y tragársela, enfurecido, convirtiéndose en la vida real en el Tragaorejas.

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Tras inútiles carcelazos, solo quedó recurrir a ciertos maleficios

Alcira Benavides y Francisco Madrid, con terno claro, en los preámbulos de un 28 de julio en 1960.


El padre de Agapito, Juan Robles, tuvo que ir en su auxilio. Pagó a la Corte de Huánuco 1500 soles para la liberación de su hijo y 250 por su defensa, según un recibo que se amarilla en los archivos del expersonero. En la novela homónima, Manuel Scorza relata: Agapito Robles siguió encarcelado tres meses más: su mujer demoró todo ese tiempo en obtener los mil quinientos soles que requerían los trámites de su liberación (pág.8).
El realismo con que describe Scorza a los perseguidores de Agapito Robles, tampoco difiere de lo que a continuación dice el personero sobre el juez Francisco Madrid:
–Era dueño, amo de esta provincia. Policías, alcaldes, eran gente de Madrid. Nosotros, en ese tiempo, ni un auxilio nos hacía, ni una demanda. Más bien nos molestaba. No había autoridad para nosotros. Ni entrada teníamos, nos íbamos a caballo hasta Oyón para ir a Lima, ahí dejábamos nuestro caballo. No podíamos entrar a Cerro de Pasco [porque el doctor Madrid les había prohibido el paso]. Buen tiempo hemos andado así.
Francisco Madrid Salazar, nacido en Jauja en 1910, pertenecía a una familia acomodada que lo hizo estudiar Derecho en la Universidad San Marcos, y Letras en la Universidad Católica del Perú. Madrid Salazar llega a Pasco como juez suplente y profesor de castellano en la Escuela Práctica de Minería. Mientras aún no era el juez Montenegro, como lo llama Scorza en sus novelas, conoce en un baile de compadrones a quien sería su esposa: la señorita Alcira Benavides. Muchos años después, ella habría de recordarlo así:
Mi esposo era un hombre demasiado justo. Ha sido uno de los mejores jueces del Perú, cinco o seis veces ratificado por la Corte, por la Suprema. Últimamente era llamado a ocupar una vocalía en Huánuco. Toda la provincia le tenía respeto. Hacía mil favores a todas las personas que visitaba (Entrevista de Guillermo Thorndike a Alcira Benavides en La República, 3 de diciembre de 1983, pág. 15).
Por órdenes del juez Madrid, cuando se enteró que Agapito volvía de la cárcel, se prohibió en toda Yanahuanca y Yanacocha regalarle un saludo al personero. Scorza narra este pasaje con una intensidad desoladora, pero Robles se acomoda en su catre y se quita el sombrero para restregarse el cabello nevado y acomodar sus recuerdos:
– Claro, no se estimaba a la persona [que salía de la cárcel], era prohibido. La gente más tenía temor a Madrid. Como era juez, decían “acá se va vengar”, no querían ser testigos ni nada.
Y los que no le dirigieron la palabra fueron los allegados de Francisco Madrid o Francisco Montenegro, como la historia prefiera recordarlo.
Llevaba traje negro y solía caminar 60 minutos alrededor de la Plaza de Yanahuanca, relata Scorza, y vivía en un caserón de tres pisos en una esquina. Hace tres años aquel caserón conservaba los rastros frívolos de una arquitectura diseñada para la fiesta y el sibaritaje. Cuartos amplios y pisos forrados con madera, puertas altas y tejado impermeable contra el frío. Una pileta en medio del patio, símbolo de alcurnia y el buen gusto, se conservaba en la casa del magistrado. Hoy el recinto no existe, se ha convertido en un elefante de concreto que pronto, dicen los vecinos, será el hotel más lujoso de Yanahuanca.

«Por órdenes del juez Madrid, cuando se enteró que Agapito volvía de la cárcel, se prohibió en toda Yanahuanca y Yanacocha regalarle un saludo al personero»

Pero hay quienes defienden a este personaje. Empezando por con perdón de los naturalistassu alma gemela. Alcira decía:
El día que mi esposo murió –se rompe su voz– todo el pueblo ha llorado. Hasta los presos de la cárcel… hasta los presos de la cárcel, el día que supieron su muerte, se han puesto a llorar (Entrevista de Guillermo Thorndike a Alcira Benavides en La República, 3 de diciembre de 1983, pág. 15).
En Yanahuanca, sin embargo, pocos pueden poner las manos al fuego por el doctor Madrid, salvo aquellos ancianos que nunca tuvieron pleito por tierras y que se fueron muy temprano a Lima y ven a este jurisprudente como un señor dadivoso y de mucha plata que, posiblemente, enterró su fortuna en algún sitio de su extinta morada.
No podríamos comprender el sentimiento que guardaban aquellos rebeldes como Agapito contra esa poderosa pareja sin conocer a la mujer que, según se puede deducir, movía los hilos en casa y en el pueblo.
–Era saco largo –dice Agapito, carcajeándose–. Según me dicen de Madrid, a veces discutía [con su esposa], diciendo: “¡Tú me haces pelear mentira con la gente!” –mueve su cabeza blanca–. Le hacía quedar mal.
Alcira Benavides –o doña Pepita Montenegro en la novela– no era precisamente una mujer de carácter pálido y mirada bovina cuyo mundo terminaba en las pétreas paredes de su fortín de Huarautambo. Esta señora había crecido alimentada por los vicios del poder. La explotación, la violencia y el hambre de posesión fue la herencia de sus antepasados que llegaron a Huarautambo como unos desposeídos dispuestos a alquilar una parcelita a los yanacochanos. El resto de la historia se puede deducir. Lo quisieron todo y no cejaron hasta convertir Huarautambo en un latifundio con río incluido.
Una seña que revela la intensidad del matrimonio Madrid–Benavides puede ser la siguiente:
–Era un esposo modelo. Yo creo que no hay esposos como él. Nos teníamos tanto cariño, le digo. Nos invitaban a una fiesta en Yanahuanca y yo estaba acá: él no iba. Y cuando mi esposo no estaba, me invitaban y yo no iba. ¡Así vivimos veinticinco años! (Entrevista de Guillermo Thorndike a Alcira Benavides en La República, 3 de diciembre de 1983, pág. 16)
Que el juez Madrid se haya labrado una imagen dominante ante la provincia, puede tener una explicación en los vericuetos de su alcoba. Nunca tuvo hijos. “Madrid o la mujer, ¿quién será, ‘pe? Era infértil”, aseveran tres cabalgados que merodeaban por el camino a Racri. Alcira, en cambio, aseguró que tuvieron cuatro, pero todos murieron.
–Cuando Pepita enviudó, ¿se casó con otro?– pregunto a Agapito.
–Así ha quedado viuda –dice, con gesto indiferente. Le decían Pepita –ríe enseguida–, porque era picante, ‘pe. Y Montenegro porque era un monte negro, grande, feo, de miedo.
Once años después de su única entrevista, Alcira Benavides sería ajusticiada en 1983 por cuadrillas de Sendero Luminoso en su soledosa casa de Huarautambo.
La pareja no solo despojó territorios a la comunidad de Yanacocha durante las décadas del 50 y 60, sino también formó un sólido aparato político en Yanahuanca. Él, siendo juez de Primera Instancia, y ella gobernando el municipio. Al clan se sumaron sus sobrinos Carlos Benavides, como subprefecto, y Alejandro Benavides como personero de la localidad. Un modo de gobierno enquistado en nuestro país que tiene hasta ahora visibles ejemplos, como el clan Fujimori.

«–Siete brujas tenía la Alcira Benavides –vuelve a carcajearse Agapito–. Dice que tendían velas en mi nombre, de Chacón y de distintos. ¡Nada! ¡Ja,ja,ja! A mí no me llegó nada la brujería»

La política era un arma inagotable que habían descubierto los hacendados en todo el Perú. Uno de los más conocidos fue Ignacio Masías, terrateniente en Cerro de Pasco y Ministro de Agricultura del presidente Manuel Prado en su segundo gobierno. Pero los Madrid-Benavides, no solo se confiaron en la política sino en instrumentos más extremos como el ocultismo.
El combate contra los rebeldes yanacochanos no solo se basó en carcelazos, sino también en “daños” y “hechizos” que la paranoica Alcira lanzaba contra los escurridizos Héctor Chacón y Agapito Robles.
–Siete brujas tenía la Alcira Benavides –vuelve a carcajearse Agapito–. Dice que tendían velas en mi nombre, de Chacón y de distintos. ¡Nada! ¡Ja,ja,ja! A mí no me llegó nada la brujería. Pero dice un día le llegó a su burrito de Héctor, en su casa apareció sentado como gente. Entonces como él entiende la brujería, cree también, sabía quién era. Era una viuda la que llevaba todos los acuerdos de las sesiones a Madrid. Y se le ocurre una noche. La viejita vivía sola, no sé cuántos hincones le habrá dado para que declare todo.
Aquella anciana viuda se llamaba Angélica de Cruz y murió de varias puñaladas en el cuerpo. La autoría se le atribuye al Nictálope, quien se gastó once años visitando cárceles de Lima y la selva. Once años que le parecieron “una fumada de cigarro”.
En Redoble por Rancas, Scorza cambia el sentido de este conjuro nigromántico. Dice que el asno empezó a reducirse hasta desaparecer. Tan igual de extraordinario cuando Chacón vio al borrico sentado como un gamonal en su patio.
El daño que habría causado este matrimonio a quienes, por lo menos, no eran sus ahijados es difícil de calcular. Cientos o miles de ganados llevados al coso de Huarautambo, infinitos aparejos de montura que decomisaron sus caporales a los comuneros, innumerables mantos, pullos y sombreros que despojaron a los que no tenían cómo agradar al juez.
Antes de retirarme de la casa de Agapito, le pregunté fuera de la entrevista, ¿qué sentimiento guardaba, ahora, después de muchos años, por el doctor Madrid y su esposa? Exhaló un suspiro hasta romper el silencio de la estancia, estrujó su sombrero en su pecho y resucitó un recuerdo: “Nos perdonamos, el doctor me pedía disculpas: ‘Perdóname, hijo, tanta maldad que te hecho’, me decía en mis sueños». Los ojos de Agapito se enturbiaron. Un resabio amargo sentí cuando le pregunté sobre la doña. El silencio en estos casos puede ser más triste que el pasado.

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¿Hubo un hacendado que ayudó a quienes querían desterrarlo?

Agapito Robles

Agapito Robles mostrando documentos de su comunidad. Como en la ficción, la historia de estos papeles deslumbra.


Uno observa a Agapito Robles y parecería un viejecillo más cargando una biblia entre sus manos, coloreando con su presencia las calles angostas de Yanahuanca. E inmediatamente surgen las preguntas: ¿cómo este menudo hombre pudo liderar una revolución silenciosa en Los Andes? ¿Cómo pudo ser la preocupación de la Guardia Civil si con las justas había llegado a cabo? ¿Qué tipo de temor inspiraría su rostro cetrino en el pensamiento de los hacendados?
En diciembre de 1961-dice el historiador Wilfredo Kapsoli– los comuneros tomaron las tierras en disputa y permanecieron en posesión hasta marzo del año siguiente en que fueron desalojados violentamente. En el choque con la policía murieron 27 comuneros, otros fueron heridos o encarcelados. Esta fue la mayor masacre ocurrida en la Sierra Central del país (Los movimientos campesinos en Cerro de Pasco, pág. 99-100).
La gesta librada contra la hacienda Huarautambo no fue un hecho aislado. Muchas comunidades se amotinaron contra los hacendados al comprobar que la justicia estaba reservada para los ricos, cuyos fragorosos apellidos (Benavides, Lercari, Fernandini, Masías, Arias y Proaño) recuerdan hasta hoy los cerreños.  Yanacocha conservaba sus títulos desde 1705 y las autoridades principales emprendieron una campaña de desinformación asegurando que los títulos jamás existieron y que Yanacocha había sido siempre de los gamonales, quienes con sus medios y sabiduría «hacían andar la economía del Perú».
Antes de Agapito, las quejas eran incontenibles. El nuevo personero recibió la batuta de lo que inevitablemente iba a suceder. En el sur del Perú, por ejemplo, la revolución agraria había comenzado por la fuerza. Grupos de campesinos dirigidos por Hugo Blanco ponían en duda la autoridad del latifundio y eran constantemente sofocados por la Policía.  Los campesinos del centro sabían que los del sur libraban batallas bajo un mando, una organización, un ideario, y se plegaron al Movimiento Comunal Campesino del Centro, del cual Manuel Scorza fue su secretario.
La organización era una estrategia que ni todo el dinero de los gamonales pudo combatir. Un comunero convencido de su realidad valía más que diez impulsados por el alcohol y el oportunismo. Para recuperar la hacienda Huarautambo se tuvo que conspirar:
–Para organizar esa posesión de tierras, hemos trabajado más de un año: ¡sesión permanente! ¡Permanente! Gente de la altura, de la puna, no de aquí –dice Agapito en una visita breve a la casa de su hija en Yanahuanca- (Estos) eran compadres, ahijados, nietos de Madrid, era su gente. Gente conocida nosotros hemos ido contra eso, por eso a mí… cómo se llama… era cabecilla para todos los delitos. Más de 12 delitos con orden de captura en la corte de Huánuco tenía, diferentes delitos, el comunismo era peligroso en esa época.
Acusar de comunista a todo aquel que cuestionaba el “orden” era moneda corriente. El administrador de la Sociedad Ganadera de Yanahuanca S.A. se refería así de Agapito en un oficio dirigido al Ministerio de Fomento y Obras Públicas: “agitador comunista, cabecilla. Por robo de animales y su muerte, Robles debe pagar 88, 500 soles de oro – Firma- Hacienda Chinche, Agosto 5 de 1963. R. Vergara”.
Agapito no conocía nada sobre Marx o Lenin, pero intuía que la tierra era el medio de producción que los gamonales se querían adueñar. Así que los famosos conciliábulos tenían que hacerse al margen de la ley. Robles tenía que conspirar contra un sistema que lo había corrompido todo.
Los constantes viajes hasta el Ministerio de Asuntos Indígenas en Lima, las cartas secretas de sus informantes, los abundantes memoriales enviados a Radio Excelsior, Radio Victoria y al diputado Malpica sobre la situación de su pueblo, y los padecimientos que en esas jornadas sufrió al igual que sus compueblanos Fermín Espinoza o Exaltación Travezaño, le cincelaron el carácter.

“Agitador comunista, cabecilla. Por robo de animales y su muerte, Robles debe pagar 88, 500 soles de oro – Firma- Hacienda Chinche, Agosto 5 de 1963. R. Vergara

La modalidad usual de la “invasión” era pacífica – escribe Wilfredo Kapsoli-. Los comuneros esperaban la noche para introducir su ganado e instalarse en chozas provisionales. En estas chozas casi siempre, izaban banderolas nacionales, y allí permanecían en espera de los fallos judiciales (Los movimientos campesinos en Cerro de Pasco, pág. 101).
El día de la toma de la hacienda Huarautambo, es decir el 27 de agosto de 1963, para los ojos ambiciosos de la Benavides, los hechos sucedieron así:
Más de tres mil comuneros de Yanacocha, armados con escopetas, palos, picos, lampas y piedras, invadieron la totalidad de mi fundo “Huarautambo” que tiene una totalidad de 900 hectáreas (…) dirigidos y capitaneados por los denunciados [Agapito Robles encabeza la lista]. No solamente han cometido estos actos de violencia (…) han vendido parte del ganado robado y el resto está veneficiando (sic.) para la alimentación de los invasores, a vista y paciencia del público, como repugnantes bandoleros que son (Solicitud de captura para Agapito Robles de Alcira Benavides, 2 de setiembre de 1963, Yanahuanca).
En esos años muchos pastores y campesinos cobijaban un arma en casa, wínchester y máuseres, como forma de protección contra el abigeato (robo de animales), un delito recurrente en las alturas. Algunos de los comuneros eran licenciados del ejército. Otros sabían cómo organizar y convocar a las masas, según lo aprendido en los sindicatos de la Cerro de Pasco Corporation.
Nada de esto, sin embargo, puede asegurar que la gente comandada por Agapito Robles fue un ejército como tal, a lo mucho una masa de campesinos velozmente adiestrada y sin algún plan de contraataque.  Según la manifestación policial de Isaac Carbajal en su manifestación sobre la “invasión” se puede leer:
Del primer momento no había nadie, después de diez minutos que llegamos a la plaza principal, los empleados del Sr. Francisco Madrid se presentaron portando una bandera, embriagados, profiriendo insultos ofendiéndonos y jurando por nuestras vidas, realizándose una pelea entre los mismos empleados no nos pusieron resistencia cuando llegamos a tomar posición (sic.) de los lugares mencionados. Tengo entendido que los empleados del doctor Madrid tienen arma de fuego carabina, revólver, escopetas y fusiles. (Documento certificado por el Investigador de la Gefatura de Pasco don Jorge Villena, 30 de agosto de 1963).
Al traspasar el arco pétreo de la hacienda Huarautambo, los rebeldes y Agapito encontraron en lastimeras condiciones a los colonos. Huarautambo contaba con un cepo particular, y muchos de los niños nacidos ahí no conocían más allá de la frontera de los cercos. En ese lugar había muerto el padre de Héctor Chacón, quien nunca pudo saciar su sed de venganza. En los primeros días de la organización, Robles había dicho a los dirigentes de los otros 14 caseríos:
– ¡Con título o sin título, por posesión somos dueños Yanacocha!
La lucha se extendió todo el año de 1963. La muerte de 27 comuneros, en otra pelea contra la hacienda Uchumarca, sacó del marasmo al gobierno de turno y el presidente Fernando Belaunde Terry decretó la primera Reforma Agraria solo en Junín y Pasco.
Esta lucha, sin embargo, abarcó espacios un poco íntimos, diríamos familiares. Agapito Robles no había terminado la secundaria y el único auxilio jurídico de los abogados Honorio Espinoza y Genaro Ledesma no era suficiente para concretar esta batalla. Hubo un personaje insospechado en la lucha contra los Madrid– Benavides: el hermano de Alcira.

Más de tres mil comuneros de Yanacocha, armados con escopetas, palos, picos, lampas y piedras, invadieron la totalidad de mi fundo “Huarautambo” que tiene una totalidad de 900 hectáreas (…) dirigidos y capitaneados por los denunciados

Sebastián Benavides, hacendado y hombre de letras, aparece en El Cantar como Sebastián Barda, un viejo arruinado por la inquina de su hermana Pepita. Al parecer, los comuneros de Yanacocha lo respetaban por su moderado apetito por la tierra. No había abarcado más allá de los linderos de la comunidad e iba solícito a los comparendos territoriales. Manuel Scorza lo pinta así:
Sebastián Barda, mi padre, saluda a la comunidad de Yanacocha. Él sabe que amaneciendo ustedes se posesionarán de Huarautambo. Nadie detendrá a la poderosa comunidad. ¡Suplica que no se lleven su ganado! Él también es pobre. Su hermana lo ha hecho sufrir. Ustedes son testigos. El juez Montenegro lo despojó. Él debía ser dueño. En el tiempo en que corría ni siquiera podía usar el agua del río Huarautambo (El Cantar de Agapito Robles, pág. 210).
El odio entre estos hermanos llegó a límites delirantes. Por donde menos culebrea el agua del Huarautambo, los Benavides se habían partido el río. La huella de la muralla de piedra que dividió la corriente en dos, sugiere un deslucido afecto entre ambos. La mezquindad de Alcira contra su propio hermano, llevó a este a colaborar con las luchas de los comuneros. ¿Pero de qué forma?
Agapito cuenta que, a falta de conocimientos sobre leyes y trámites, y la escases de decididos abogados para defender no solo a Yanacocha sino a varias comunidades en Pasco, recibió la ayuda de Sebastián y su tinterillo Edmundo Ruiz Avellaneda. Un señor contagiado por el mismo rencor de Benavides a los Madrid. Este hombre entendido en el arte de la abogacía era quien bosquejaba, redactaba y enviaba los memoriales y denuncias a los ministerios de Lima y las prefecturas. Agapito y los demás, tras una lectura, estampaban sus firmas.
Una solicitud sin fecha, muestra la rabia que provocaba la presencia de estos dos “caínes” en la vida de Alcira Benavides de Madrid:
Edmundo Ruíz Avellaneda (…) se ha aliado con Benavides sublivando (sic.) a la comunidad de Yanacocha, con un imaginario conflicto de linderos nada más que, para causar intencionalmente daño a mi Fundo.
En otro oficio de los comuneros al Señor Presidente de la Cámara de Senadores de Lima del 30 de octubre de 1959, la alcaldesa de Yanahuanca, Alcira Benavides, mandó a perseguir “so pretexto de haber sustraído alambres del Consejo Provincial a Edmundo Ruiz Avellaneda”, porque este denunciaba constantemente en radios y periódicos la argolla existente en la provincia.
La ayuda legal que prestaron estos dos personajes pudo ser tan importante como la colaboración de los exmilitares comuneros y los caseríos alejados en las luchas de recuperación. Tanto así que Agapito recuerda nítidamente a Sebastián:
–Era mi amigo, él entendía, no me ha contradicho –y enseguida encoge los bombros–. Eran enemigos con su propia hermana.

***
Por temor, Agapito Robles ocultó un secreto a Manuel Scorza

El Nictálope en su casa de Yanacocha, junto a sus vecinos en 1978


Los nietos de Agapito Robles desconocen las hazañas de su abuelo. Ninguno ha terminado de leer El Cantar, no por falta de escuela ni ausencia de voluntad. Incluso se podría asegurar que pocos cerreños conocen esa novela. El profesor de literatura de la Universidad Daniel Alcides Carrión de Pasco, David Salazar, dice que hasta ahora solo un par de alumnos, de las varias promociones que enseñó, presentaron una tesis sobre la novela. En una actividad realizada por una institución escolar de Pasco, la cantidad de asistentes a una charla con el mismísimo Agapito Robles fue conmovedora. ¿Cuántos cerreños sabían que fuera de su ciudad, en lejanas estribaciones, los hombres habían sentido detenerse el tiempo por gracia de un puñado de señores?
Para adquirir El Cantar de Agapito Robles, obra muy estudiada en Europa, hay que viajar a Lima y comprarla en librerías a precios exuberantes. Por suerte, se puede encontrar un ejemplar en las librerías de viejo del centro, pero en departamentos como el mismo Pasco es casi imposible. Después de las masacres, Agapito Robles se convirtió en publicista de sí mismo. De la caja de ejemplares que fue el único recuerdo que le dejó Scorza fue distribuyéndolos entre amigos y extranjeros que llegaban, incrédulos de su existencia, hasta su estancia.
-Cómo conociste a Manuel Scorza? – le pregunto a Agapito.
-Creo que en Huancayo. Él sabía ya por medio de un abogado que estaba en el Congreso, Ledesma Izquieta. Con él habían conversado. Entonces [Scorza] llega a Huancayo –hace una pausa para volverse a acomodar el sombrero-. Entonces yo le informé, nos hicimos amigos. Fuimos a su residencia, por Miraflores vivía, por la avenida Armendáriz… ya me olvidé.
El autor de Redoble por Rancas lo llevó a su hogar, donde poetas como César Calvo lo visitaban constantemente. Ahí entrevistó a Agapito y Garabombo, estando como espectador privilegiado, su hijo, Eduardo Escorza, quien cuenta en el café de Surco, que estos personajes llegaban y hablaban largas horas con su padre.
–Dos o tres días hemos conversado –dice Agapito, trayendo la presencia de Manuel a su memoria–. Esa vez estaban fresquito las cosas.
Aquellas jornadas reviviendo la gesta de Yanacocha, fueron registradas en cintas magnetofónicas que Scorza prometió reproducir, sin embargo, el paradero de estos audios se desconoce.
– ¡No me digas señor! –dice que le dijo el escritor al personero–. Dime Manuel. Porque tú y yo somos iguales.
Le brindó confianza y Agapito supo rápidamente de qué lado estaba el artista. Le tenía mucho respeto, porque Robles no habla de él sin pensar dos veces lo que va a decir.
Agapito recuerda que –mientras se ocultaba de la orden de captura por dirigir la liberación de las haciendas– Scorza le llevó a Huancayo unos cuantos libros de literatura para que pueda exhibir en su carpita de periódicos. Aquellos libritos fueron los famosos Populibros, un proyecto editorial de Scorza, que el canillita Robles demoraba en vender.

¿Cuántos cerreños sabían que fuera de su ciudad, en lejanas estribaciones, los hombres habían sentido detenerse el tiempo por gracia de un puñado de señores?

Cuando la persecución amainó, Agapito asumió por un año la Presidencia de los canillitas. Fue a muchos congresos sobre el indígena peruano y contó ampliamente su historia a los medios de comunicación de Lima, pero éstos nunca le dieron el valor necesario a su epopeya. Robles decidió volver a su estancia a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar. Los pastores y choferes que atraviesan su chacra dicen: “Allí vive el viejo Robles” y siguen su camino polvoriento. Cuando la noche encapota el cielo, la estancia desaparece. No hay electricidad, ni servicios básicos. Afortunadamente, un hilo de agua corre por una hendidura rocosa para alimentar a su ganado.
Esa mañana en Charquicancha el frío endurecía cualquier cosa que no estuviera embozada con lana de oveja. Agapito llevaba puesto un pantalón caqui sobre otro de bayeta. Aun así, el halo blanquecino de su aliento se confundía con la neblina. A la hora de arriar sus animales, se colocó el capote de militar de los años cincuenta. Así, sujetando un palo de molle dirigía a su nuevo ejército rumiante, les pasaba revista y un soberbio capón negro le respondía “beeee-e-e-e”.
El expersonero no solo es un hombre moderado, es un extirpador del consumismo. Ha fabricado varias de sus ropas con el pelo de sus llamas, ha techado su casa con la paja que le regalaba el viento y sus corrales fueron amurallados con estas piedras que estoy tocando.
¿De dónde viene ese carácter opuesto al de los hacendados que vivían en la comodidad y la fanfarria? La repuesta puede estar en la misma tierra, producto de tanto enfrentamiento. El hombre andino es un ser apegado a los astros, a la mamapacha y el paisaje. Con la llegada de los españoles a los Andes, parte de esta cosmovisión se alteró. El occidente ha dejado atrás en las ciudades el orden místico del antiguo Perú. En caseríos tan alejados como el de Agapito aún sobreviven vestigios, la lengua quechua es su mejor ejemplo.
En un pasaje de El Cantar, se habla un poco del austero carácter de Agapito:
Era solo el comienzo de la celebración. La noche encontró casas iluminadas por una alegría demente. Sólo Agapito Robles, que nunca bebía, no se emborrachó. El resto se atracó de carnero asado y de aguardiente… (El Cantar de Agapito Robles, pág. 242).
En un país donde el consumo de alcohol es de 8,9 litros por persona según la Organización Mundial de la Salud, la firmeza del personero ante el licor tiene un argumento: su religión.
Agapito con una biblia. Agapito con la biblia que el Inca Atahualpa arrojó a los españoles. Agapito yendo a predicar con su caballo Pin Pon a pueblos ignotos, donde solo la gracia divina puede alumbrar la noche. En los años 50, la religión había salvado al personero de su propia humanidad.
Seis años antes de que Yanacocha convulsionara, Agapito Robles se había entregado al evangelio. Fue en Goyllarizquisga. En la panadería donde despachaba llegaron los hermanos Pedro, Vicente y Modesto. Lo invitaron a escuchar sus prédicas sobre la historia de la humanidad y Jesucristo. Vio tantas coincidencias de su pueblo con las guerras, las violaciones y, lo más importante, las rebeliones de la Santa Biblia, que esta última imagen la tuvo en cuenta al escribir su propio cantar.
–Yo no [le] manifestaba mucho –dice Agapito recordando nuevamente a  Scorza-, porque antes de eso yo no sabía. Mi pastor me decía “¿estás metido en eso?” Me acomplejé y decía de repente estoy mal delante de Dios.
Y nunca le dijo al escritor su verdadera vocación. Este fue el secreto que no quiere callar más, porque asegura que fue su creencia la que le llevó a estar al frente de su comunidad. Como un pastor que arrea con cariño a sus ovejas descarriadas.
–Mis pastores me decían: “¡Eh, te has metido ahí! ¡Eh! ¡Eh!” – repite Agapito con menosprecio–. Pero yo pensé tres cosas. Dije, cuando sea autoridad, voy a hacer respetar mi religión, mi apellido y de donde soy. Eso me motivó para no ser compadre.
Años después, esos mismos ministros del cielo habrían de reconocer la gesta libertaria de Agapito hacia sus hermanos.
“La mejor obra”, recuerda que le dijeron al pastor Robles.

***
¿Qué le debe, Agapito, a Héctor, el furioso?

En un entierro con su inseparable Biblia, Agapito se dispone a pedir por el alma del occiso.


Cuando Agapito Robles desciende a Yanahuanca, sus conocidos lo reciben como si estuvieran cantando “¡Dooon Agapito! ¿Cúuumu estás, papacu?”
Robles se detiene, cobija su biblia en su casaca y les envuelve las manos como si estuviera recogiendo un pajarillo. Continúa su camino y en una esquina un amigo le extiende un vasito de cerveza, “no tomo”, en la siguiente calle le invitan a un cumpleaños, “tengo pastoreo”, más allá alguien le dice que visite más seguido, “no puedo, nadie ve mis animales”, hasta que un sobrino le cuenta que falleció fulano y ahora sí Agapito accede a acompañarlo. Sobre las calles desniveladas de Yanahuanca, las piernas de Robles se balancean como si anhelaran los ijares de un caballo. De seguro piensa en Pin Pon que hace poco murió de rabia, “alocándose, alocándose, arrastrándose en la tierra, ha muerto mi Pin Pon”. El viejo Robles almuerza un aguadito en la casa del doliente y luego trepa solitario por el espinoso camino hacia Baños Rabí. En las estribaciones moteadas de tunares se halla un cementerio. Nadie le ha reservado un sitio para predicar algún salmo de despedida, pero desde su lugar ora con las manos abiertas, como si capturase una llovizna imaginaria. ¿Cuántas veces habrá pedido así por sus compañeros muertos? ¿Por Héctor, por Raymundo, por Fermín, por los 27 caídos de la masacre de Yanahuanca?
A Fermín Espinoza, Garabombo, el que tenía una voz imponente, dicen que lo balearon en un puente hacia Huánuco y solo encontraron su caballo. Tal vez no sea así, porque Agapito recuerda que Espinoza se transformó. Desalojó hacendados y recuperó tierras para luego convertirse, progresivamente, en uno de ellos. Sus compueblanos al ver al héroe de Chinche malogrado por la ambición, hicieron lo que él mismo hubiera hecho a un hacendado. Y para despistar, colocaron su caballo sobre el puente. En Yanahuanca el fotógrafo del pueblo Heraclio Rojas me muestra una fotografía de la casa de Garabombo, en Chinche. La desnudez de sus paredes y una puerta de hojalata no concuerdan con los síntomas de la riqueza.
Sobre Raymundo Herrera, el Jinete insomne, dicen que murió de viejo de tanto planear cómo destruir a los hacendados. Agapito Robles lo recuerda vetusto y partido por el sueño, hablando sin parar hasta el despertar de los gallos. Él era el encargado de llevar a los más jóvenes a conocer los linderos. De eso, no recuerda más Agapito.
Pero Héctor, Héctor Chacón, quizá el único comunero peruano del siglo pasado que más páginas y coberturas tuvo en los medios. ¿Ladrón o héroe? ¿Vengador o justiciero? La Guerra Silenciosa que escribió Manuel Scorza no hubiera sido la misma sin el Nictálope (el que puede ver por las noches), pero fue a pesar que otros comuneros con más protagonismo que Chacón no tuvieron su propia novela.
-¿Qué le dijo Héctor cuando ustedes estaban en la cárcel de Huánuco?
-¡Qué cosa pues! –dice Agapito, entonando como el Nictálope-. Estamos en la cárcel, ¿a dónde más nos van a pasar?
Un tipo duro que se hizo respetar en uno de los penales más salvajes que tuvo el Perú: El Sepa. “A los días de llegar –cuenta Guillermo Thorndike en una entrevista a Chacón-, dobló de un puntapié al hampón que quería denigrarlo” (La República, 3 de diciembre de 1983, pág. 9). Pero así como era rudo, podía divertirse con chiquillerías, dice Agapito, con él y los demás pasaban las horas en la cárcel jugando un deporte norteamericano: el básquetbol.
Cuando Héctor Chacón salió de El Sepa indultado en julio de 1971, un año después de la publicación de Redoble por Rancas, tenía las mejillas hundidas y los ojos metidos en un par de cavernas, y “unas zapatillas de basquetbolista”, detalla Thorndike.  Al llegar a su pueblo, dice el periodista César Lévano en la revista Caretas, fue vapuleado por los vecinos de Yanahuanca, pero aclamado por los comuneros de Yanacocha. ¿Quién era Héctor Chacón? ¿Solamente el compañero carcelario de Agapito Robles? ¿Colaboró realmente con la justa de reivindicación? ¿O fue un avezado delincuente que amargó la vida del juez Madrid?
–Robar –dice la anciana Alejandra Agui, recordando a Chacón–. Robar nomás. Abigeo era, por eso vivía en la cárcel desde muy antes.
Agapito Robles conserva una carta de Chacón donde le pide el respaldo de la comunidad tras la acusación de Alcira Benavides por el asesinato de una de sus “hechiceras”:
En seguida don Agapito, ahora quisiera que el pueblo me certifica en el sentido que esas fechas no me encontré en ese pueblo, por otra parte que el Juez Instructor de Yanahuanca es mi enemigo desde hace un tiempo y los testigos son incinuados (sic.) por él (Carta de Héctor Chacón a Agapito Robles, 23 de marzo de 1963).
Los herederos de la historia del Nictálope viven en Yanahuanca. “Tuvo varios hijos”, dijeron las personas que oyeron sobre él. Nadie pudo precisármelo en el pueblo. Nadie en Yanahuanca ni Yanacocha está seguro de quién fue Héctor. Solo su hija Juana, la que sucumbe en la hipótesis de haber entregado a su padre a los policías, pudo quizá tallarlo en su verdadera estatura, pero la muerte había llegado primero.

Agapito era avangélico pero nunca se lo dijo a Scorza. Este fue el secreto que no quiere callar más, porque asegura que fue su creencia la que le llevó a estar al frente de su comunidad. Como un pastor que arrea con cariño a sus ovejas descarriadas.

Sin embargo, hay una certeza. Chacón odiaba a Madrid tanto como éste a los indígenas. Y no tenía miedo. Fue un hombre que despreciaba la muerte hasta en sus últimos días. “Tomando ha muerto, quién sabe cómo”, coinciden Alejandra y Agapito al recordarlo.
¿Sin el temperamento de Héctor, hubieran tenido el mismo nervio para enfrentar a los Madrid-Benavides los dirigentes de Yanacocha? Nadie había obligado al Nictálope a entrar en esa guerra, nadie le había quitado sus parcelas, gustosamente hubiera seguido en el mundo del abigeato, como dicen que pasó. La imagen que se lleva Agapito Robles de su amigo Héctor es la de un hombre osado, el primero en probar que el juez Madrid y Alcira Benavides eran seres humanos. Y sufrían. Cuando los ojos de Chacón salieron del verde inconmensurable de su presidio en la selva, lo primero que soltaron sus labios fue algo así como «me vengaré de Madrid». Aquel hombre que Scorza privilegió en sus novelas con el don de mirar por la noche, no podía sentir la paz de un día claro…
“Le faltaba encontrar a Dios”, se apena Agapito.

***

Yanahuanca, 26 de agosto. Un espeso silencio se acumula en la entrada de la provincia. Acabó la feria dominical. Solo los camiones cargados de comerciantes rompen el paisaje monótono de las calles. Cuarentaisiete años antes, en 1971, Manuel Scorza sacaba del anonimato los enfrentamientos campesinos de Cerro de Pasco. El gobierno “revolucionario” del presidente Juan Velasco Alvarado tomó estas luchas como el símbolo del dolor campesino y se exacerbó un nacionalismo con rostro indígena. Ese mismo año, Héctor Chacón fue su mejor bandera y llegaba a Yanahuanca indultado y junto al escritor. Mientras la comitiva de periodistas y delegados iban a celebrar a Yanacocha el regreso del Nictálope, un buscado Agapito Robles, ya sin su poncho multicolor y montado sobre un camión destartalado, borraba por otro camino las recientes huellas de su gesta.

Izquierda: Alejandra Agui tenía 16 años cuando la llevaron junto a Agapito por el crimen del Cortaorejas. Derecha: Anita Sánchez, la mujer que avivó la llama de la justicia en el expersonero, Agapito Robles.


*Este escrito no hubiera sido posible sin las palabras amigas del periodista Nilo Calero, la escritora Elizabeth Lino y las sorprendentes historias del señor Marcelino Basilio.



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