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La economía de la calle: así piensan los comerciantes ambulantes de la informalidad

El 90% de las unidades productivas en Junín es informal, según el INEI. ¿Qué piensan sobre su situación los protagonistas del comercio ambulatorio en Huancayo? Sus impresiones en esta crónica.

Escribe: Yoselin Alfaro

“Ayayayay… que triste es vivir, ayayayay…que triste es soñar, ambulante soy, proletario soy. Vendiendo zapatos, vendiendo comida, vendiendo casacas, mantengo mi hogar, ambulante soy, proletario soy, ambulante soy, proletario soy”

Cantan en la radio Los Shapis. En su canción han sintetizado la historia, las historias, de los seres humanos que se dedican al comercio ambulatorio, que se ganan el pan del día en el sector informal de la economía de Huancayo, la región Junín y el país.

En el 2013 el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) registró más de 9 mil comerciantes ambulantes en tan solo 50 municipalidades de las 124 existentes en Junín. En el 2014, el 90% de las unidades productivas eran informales. En el 2017, el sector informal estaba conformado por 7 millones 148 mil unidades productivas. Como lo dirían los propios comerciantes, parecen haber más vendedores ambulantes que compradores

La Cachina

Ocho de la mañana de un domingo de marzo. El centro de Huancayo parece muerto y gris, pero a unas cuadras de la Calle Real se desarrolla uno de los espectáculos más interesantes del fin de semana: la gran feria de la Cachina. A lo largo del ferrocarril, en Chilca, se distribuyen decenas de carpas donde se ofrecen desde comida hasta chucherías atrayentes que no importa si están desgastadas; es cuestión de ponerle un poco de color. Lo viejo es útil y lo nuevo, un viajero que pronto se aproxima al cúmulo de trastos que será vendido a precio irrisorio.

Hay stands de víveres, buzos, casacas, polos, cables para celular, comida, almohadas, bicicletas recicladas, zapatos, zapatillas y otros objetos que regados en el piso o sobre mesas improvisadas esperan un nuevo dueño.

Aquí los comerciates pagan por stands. Los sitios son ocupados un día u horas antes del inicio de la feria. Los policías municipales del distrito de Chilca se movilizan toscamente a lo largo de esta calle, chocando con uno y otro despistado que olvida que aquí no existe orden. Llevan uniformes negros que los asemejan en los días calor, a los buitres del desierto. Y botas estilo tractor que le dan a su apariencia el toque de brutalidad que requieren para desplazar a cientos de comerciantes ambulantes que se disputan con ellos a punta de silbatazos.

“Cuando inicias en el negocio los silbatazos son parte de tus pesadillas, los oyes todo el tiempo, sientes que están, incluso cuando es media noche y no hay nadie, luego entiendes que es parte de tu nuevo contexto y te adaptas a una forma de vida en la que el silbato es la música que guiará tus pasos”, dice Lucero, una joven de 20 años, quien comenzó vendiendo folletos para dibujar cuando su padre, el único sostén de su familia, fue despedido del trabajo.

Al ingresar a este mundo tienes que aprender que no debes ubicarte en la vereda e impedir el paso: no puedes colocarte frente a los que sí pagan un puesto y venden el mismo producto que tú, no puedes ponerte frente a los representantes de cada cuadra, porque inmediatamente serás disuadido a golpe de insultos que van desde un carajo hasta una mentada de madre.

Los policías municipales son el martirio de los ambulantes y adornos andantes para los comerciantes que pagan su sitio en la feria. Ellos avanzan de un lado a otro gritando “avancen”, silbando, poniendo cara seria, ahora riendo cansados de ser enemigos sin razón. Son los encargados de que los ambulantes vayan de arriba abajo en una jornada interminable que se asemeja al juego del gato y el ratón.

“No haces nada y no te dejan vender, vienen a fastidiar”, se queja un incómodo joven que pinta en la vereda, lejos de la vista de los municipales y “chalecos”, personas contratadas por los propios comerciantes para disuadir a los informales. Se llama Miguel Ángel y viene de Trujillo, se gana la vida haciendo autoretratos y aunque no es la vida que imaginó cuando terminó de estudiar en la escuela de Bellas Artes de su región, muestra una inquebrantable sonrisa.

Miguel Ángel fue adoptado: se enamoró de una huancaína y llegó a Huancayo para quedarse. Mantiene a un niño de cuatro años y no le importa la migración venezolana. Tiene muchos amigos de ese país y los trata como compañeros de toda la vida. Conocí a Miguel a fines de febrero. Me habían hablado mucho de él: que es amable, siempre coqueto y nunca egoísta. Trabajar en la vía pública jamás mató su narcisismo: él atravieza las calles sin agachar la cabeza. Se cree dueño del mundo y realmente lo es.

Feria de Chupaca

Los comerciantes ambulantes son para muchos un dolor de cabeza. Cuando me acerqué a ellos pensando que podrían dar una justificación a ese malestar, reconocieron que el comercio ambulatorio es malo para el país, pero no tienen alternatuva, sea por su precaria situación económica o por el tiempo que le dedican a otras actividades de supervivencia.

Los comerciantes formales suelen pelearse con los informales, y las peleas terminan en el mejor de los casos en un intercambio de palabras ofensivas y en el peor, a golpes. “No me gusta cuando nos botan, pero tienen el derecho de reclamar, porque pagan impuestos, los ambulantes no queremos pagar impuestos”, reflexiona Jorge Navarro Gonzales, de 43 años de edad.

Sin su pierna izquierda, es imposible que Navarro Gonzales pase desapercibido entre los cientos de personas que recorren la feria de Chupaca: la perdió en un incendio. Vende castañas a 10 céntimos. Es de Lima y vive con los pocos centavos que gana al día. Su acento capitalino lo delata y su piel lo destaca: es un moreno de un metro setenta de altura.

Un ambulante debe entender que es un comerciante de a pie y no debe obstruir el paso en las veredas de la calle, eso genera desorden y la molestia de los formales”, asegura Yeimi Dueñas Chávez, de 35 años, madre de dos niños de trece y seis, respectivamente. Vende delantales en la feria. Dice que en el mundo ha conocido de todo. No está de acuerdo con el comercio informal, pero lleva más de 15 años inmersa en él.

En Chupaca, a diferencia de la Cachina, en Chilca, no encontré que una representante de cuadra use una frase despectiva o rencorosa hacia los ambulantes, sino una solidaridad que me dio a entender que no son enemigos sino personas que tratan de sobrevivir a la hostilidad de un país con índices altos de desempleo.

En el 2017 la población desempleada era de 704 mil 800 personas, de las cuales 675 mil 100 (95,8%) residen en el área urbana y el restante, 29 mil 700 personas (4,2%), en el área rural.

“Qué hacemos marginándonos entre peruanos. Los ambulantes son jóvenes y señores que no consiguen trabajo. No me incomoda la presencia de ellos, todos necesitamos trabajar”, dice Maruja Salazar, una vendedora de frutas que paga 150 soles anuales por el lugar que ocupa para expender sus productos. También paga a un agente de seguridad particular, porque los de la municipalidad no se abastecen.

El comercio ambulatorio merece un amplio tratamiento y análisis. El cambio parece surgir de la Municipalidad de La Victoria, en Lima, y su joven alcalde, George Forsyth, quien erradicó el comercio informal en Gamarra, situación que ha llevado a recibir hasta amenazas de muerte. Pero que le ha dado una luz de esperanza a los ambulantes: el sueño de ser formales.

En Huancayo, en cambio, las calles Cajamarca, Ferrocarril, Ica, el Mercado Modelo, y hasta alrededores de la Iglesia Inmaculada, son los principales focos del comercio ambulatorio. Se habla del cobro de cupos, de conflictos internos que dan paso a las mafias que trafican con las necesidades de supervivencia de personas que han decidido emprender un negocio con capitales ínfimos.

Los Shapis, chupaquinos, cantan ahora Ladrón de amor.

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