Y entonces al pie del nevado Chapico: ¡Otorongo! [VIDEO]

Allá fuimos, al anexo más alejado del distrito más alejado de Huancayo: Otorongo, a 5.200 metros de altitud, en Santo Domingo de Acobamba.

El pueblo de Otorongo está rodeado por caídas de agua que descienden del nevado Chapico. Foto: Ángel Pasquel.

¿Cómo es vivir al pie de un nevado a poco menos de 5 mil metros sobre el nivel del mar? Hace frío, cierto. Pero el sol también calienta aquí. Y más abriga la calidez de los comuneros que viven en sus casitas de tapia y preparan la comida en fogones de leña: papas nativas sembradas por ellos mismos, queso de la leche de sus vacas, carne de cuy y de las ovejas criadas en casa y el campo.

Otorongo es el pueblo asentado en las faldas del nevado Chapico, en Santo Domingo de Acobamba, el distrito más alejado de la provincia de Huancayo, en la zona de influencia del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem). El manto blanco, blanquísimo, se ubica a 5.217 m.s.n.m. y desde allí las cristalinas aguas caen por siete delgadas cataratas que rodean una parte del pueblo.

Una experiencia inolvidable es beber esa agua, recién convertida en estado líquido, que ingresa al estómago en su estado natural. “Como agua mineral sin embotellar”, dice mi amigo Ángel, trepador natural de montañas.

Nevado Chapico, en el anexo de Otorongo, en Santo Domingo de Acobamba (Huancayo). Foto: Ángel Pasquel.

Para llegar aquí y gozar de la naturaleza, partimos de Huancayo a las seis de la mañana, en una de esas camionetas rurales con el que se transportan las personas que viven en las comunidades de Santo Domingo de Acobamba.

Nos trasladamos por la ruta de Pariahuanca (también se puede ir por Concepción), hasta Achirayo, un anexo del Valle Yunca. Allí bajamos y la camioneta continúa su camino hacia otras comunidades que recién desde el 2013 tienen acceso por carretera.

Santo Domingo de Acobamba está conformado por tres valles: San Fernando, Paurán y Yunca, que dan lugar a innumerables quebradas y variados pisos ecológicos donde los campesinos cultivan plátanos y maíz en la parte baja, y papas nativas en la parte alta. Uno de estos valles, el de Paurán, le ha dado a Huancayo al violinista del santiago huanca, Edilberto Páucar: allí nacio y allí aprendió a tocar el violín, a mantener el tradicional sonido del santiago.

 

A Achirayo llegamos a las 12 del mediodía. Una comunera nos recibe con un dulce de calabaza, servido en un plato hecho con la carcasa de la misma calabaza; una fuente con maíz sancochado (mote) y huevo de las gallinas del campo que ella cría.

Somos tres. La comida abundante. Nos quedan cinco horas de camino cuesta arriba para maravillarnos con el imponente Chapico, protectora del anexo de Otorongo. Felizmente otros comuneros han bajado con sus caballos y se han llevado las mochilas y el equipaje.

Hace calor. Empezamos el ascenso a pie bajo las sombras de los árboles propios de la selva. Avanzamos acompañados con el canto de las aves silvestres y el ruido de las aguas del río Otorongo que bajan golpeándose contra las rocas. Dos días después, al volver, nos dimos un chapuzón en sus aguas.

Los pobladores de Otorongo preparan una pachamanca con productos de sus cosechas. Foto: Ángel Pasquel.

La vegetación selvática está presente hasta llegar a Otorongo. A medida que vamos subiendo, la neblina se cruza en el camino pero no impide el fatigado paso. Por fin, a las cinco de la tarde nos recibe el único profesor del pueblo, Clemente Gutiérrez Pérez. Está contento porque una de sus estudiantes ha culminado la primaria.

Este año, 2018, la escuela solo tuvo seis alumnos, del primero al sexto grado de primaria. Hace tres años el centro educativo atendía a 15 estudiantes. La población escolar ha disminuído como consecuencia de la migración del campo hacia las ciudades.

Al día siguiente, el paso de la niña a la secundaria es motivo de alegría. En un hoyo, los comuneros han colocado leña y sobre ella piedras. Prenden fuego y lo avivan con ramas de plantas silvestres. Después, tras retirar las piedras calientes, colocan papa, oca y habas de sus cosechas, la cubren con las piedras, hierba, mantas y tierra. Una rica pachamanca. Otros comuneros asan la carne de cordero.

El almuerzo, servido en una mesa larga en el patio de la escuela, construida en 1985 por los propios comuneros, es el festejo por el fin del año escolar.

Todo el camino hacia Otorongo está rodeado de vegetación. Foto: Ángel Pasquel.

La niña que llegó a la promoción, tendrá que salir del pueblo para ir a la secundaria, en un pueblo vecino. Dejará de admirar todos los días al nevado Chapico, beber sus limpias aguas. Y nosotros volveremos. Volveremos a subir hasta la cumbre Apujasha, a la portada del sol.

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