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Huallquín Grande: la comunidad de Tarma que siembra árboles y cosecha agua y desarrollo

A 14 kilómetros de la ciudad de Tarma, en los Andes Centrales, una comunidad campesina comenzó hace 20 años a plantar árboles y hoy dispone de agua para la ganadería y otras iniciativas de desarrollo amigables con el ambiente. En Jauja, un ingeniero agrónomo también cosecha agua.

El maciso de pinos en las alturas de la comunidad de Huallquín Grande, que sirve para la siembra de agua, en el distrito de Huaricolca, en Tarma.

Por: Percy Salomé

[Especial en alianza con convoca.pe, elbúho.pe y clandestino.pe]

En Huallquín Grande, una comunidad de Tarma, hay 22 familias de agricultores que no ceden a la tentación de abandonar sus tierras para buscarse la vida en la ciudad. Más bien, a lo largo de los años, han aprendido a mejorar sus tierras, transformar sus productos y añadirles un valor ecológico, con el cual se han hecho un lugar en el mercado.

—Es el trabajo que debemos mirar como gente de campo —dice Wilfredo Benito, un agricultor de Huallquín—. Ya no mirar a la ciudad, porque la ciudad es contaminada y ya está saturada.

Wilfredo es el presidente de la Asociación de Productores Agropecuarios Perla Andina, con el que los comuneros han instalado en 2007 una planta de procesamiento para la leche de sus vacas. Cuatrocientos litros de leche fresca diaria se convierten en agradables quesos cremosos que luego son comercializados en los mercados de Tarma, Huancayo y Lima, principalmente.

La planta genera un residuo líquido conocido como suero. Era arrojado al pequeño río que rodea la comunidad, cuyas aguas desembocan en el río Tarma y de este en el río Chanchamayo. Y de aquí, al Perené, en la selva central. Así, la comunidad, a 3.800 metros sobre el nivel del mar, tenía su cuota de contaminación en la cuenca hidrográfica del Amazonas.

Pero desde 2017, con el apoyo investigativo de la Universidad Agraria La Molina, la comunidad instaló una planta de producción de abono orgánico acelerado, un abono líquido resultante de la mezcla del guano fresco del ganado vacuno, el suero (residuo del procesamiento de quesos), melaza y biolac, un componente de microorganismos biológicos que acelera la descomposición.

Luego de siete días de macerado, la mezcla pasa por un filtro y da como resultado el biol, un abono foliar orgánico, cuyos efectos como fertilizante están siendo probados en el cultivo de la maca (en las alturas de Chupaca), el café y el cacao (en parcelas de Chanchamayo), en maíz chala (por la Universidad Agraria) y los pastos y otros cultivos de la comunidad.

Huallquín-Fer se llama el foliar.

La pequeña planta de transformación del guano del ganado vacuno en abono foliar.

—Esta ya es una comunidad autogestionaria —dice el ingeniero Óscar Rau, antiguo trabajador del Ministerio de Agricultura en Tarma—. Son años de trabajo, de acompañamiento.

Razón le sobra.

En las décadas de 1960 y 1970, a través de un proyecto de la FAO, comenzaron las primeras plantaciones forestales en las partes bajas de la comunidad. Estaba de moda el eucalipto, una especie australiana introducida al valle del Mantaro en 1864 por un francés que se instaló en Sapallanga, al sur de Huancayo. En algunas partes de la comunidad sembraron también quinuales.

Pero los cerros altos permanecieron pelados, sin árboles, a merced de la erosión de los vientos, las lluvias y los animales expuestos a los vaivenes del clima. Hasta finales de la década de 1990 e inicios del Siglo XXI, cuando, con el exPrograma Nacional de Manejo de Cuencas Hidrográficas y Conservación de Suelos (Pronamachcs), comenzó la siembra de 30 mil plantones de pino en las partes altas de la comunidad, en la idea de sembrar agua.

—La siembra de agua, sí, es cierto —dice don Armando Benito, padre de Wilfredo, uno de los primeros promotores de los proyectos de forestación en Hualquín Grande—.  Tenemos como ejemplo allá arriba un manantial que yo mismo no creo pero es cierto.

Es el segundo ojo de agua que ha nacido en medio del macizo de pinos ya adultos.

Javier Benito, poblador de Huallquín Grande, muestra el ojo de agua que se ha formado en medio del maciso de pinos.

Huallquín Grande es una comunidad campesina ubicada en el distrito de Huaricolca, a 14 kilómetros de la ciudad de Tarma, en la región Junín. A una altitud de 3.800 metros sobre el nivel del mar, era una comunidad dedicada a la crianza de ovejas, con el pasto escaso en los meses de estiaje cuando disminuyen las lluvias y las pocas cosechas de papa, olluco, mashua y otros alimentos que aún cultiva en los pocos terrenos aprovechables para la agricultura.

En el 2002 Wilfredo Benito era un joven de 22 años. El Pronamachcs tenía cupos para una pasantía en la Granja Porcón, Cajamarca, una de las experiencias más exitosas de forestación, ganadería y cosecha de agua del país: 10.250 hectáreas de cerros, antes cubiertos de ichu, hoy poblados por más de 14 millones de pinos. El resultado de más de 40 años de trabajo.

“Porcón es un hotel, una fábrica de tés y un zoológico, todo al mismo tiempo”, lo describe en Youtube un video el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo.       

Pues allí Wilfredo reafirmó el valor de la forestación ya iniciada en Huallquín Grande. Una nueva pasantía en Arequipa lo hizo conocer las ventajas de la ganadería lechera. Y Huallquín inició el camino de reemplazar las ovejas por vacas lecheras.

Siempre acompañada por la iniciativa del Estado y la cooperación técnica, la comunidad implementó un sistema de riego tecnificado para el cultivo de pastos para el ganado.

—Tenemos tendido más o menos 10 kilómetros de tubo acrílico instalado cada cierto punto para el riego presurizado —explica Wilfredo.

La pendiente natural de los cerros le da presión al agua que baja por los tubos y por las mangueras se esparce en las parcelas.

Huallquín Grande ya no es como antes —dice—. Hoy contamos con algo de 30 mil plantas de pino. De eucalipto no recuerdo porque ya es una cantidad infinita.

—¿Antes había abundante agua? —pregunto.

—No —dice Wilfredo—. En este tiempo de estiaje [octubre] ya no había agua, se secaba. Pero esta vez estamos poblando de bosques y al agua sigue su recorrido normal, no disminuye. Más bien, parece que aumenta.

Plaza de la comunidad de Huallquín Grande.

El sembrador de agua en Jauja

En Jauja, la provincia vecina de Tarma, el agrónomo César Dávila Véliz, lleva cerca de 20 años sembrando y cosechado agua en las alturas de la comunidad de Masajcancha, su tierra natal. Él aprovecha la ladera de dos cerros que se juntan, donde ha colocado tierra y piedras para crear una pequeña cadena de Qochas en las cuales almacena el agua de las lluvias.

En ese tiempo, Dávila ha logrado convertir un cerro pelado en un completo ecosistema verde, donde, entre otros cultivos, siembra tarwi, una leguminosa propia de los Andes Centrales que contiene de 41 a 51% de nutrientes, útil para niños y mujeres embarazadas.

—Los terrenos no tienen valor porque no tienen agua —dice el agrónomo.

En el 2001 compró 20 hectáreas de terreno en Masajcancha, distrito de Paccha. El terreno es una pendiente. En un predio colindante, unos campesinos aporcan sus sembríos de papa, pero no hay árboles ni sistemas que las protejan de la erosión. En cambio, el fundo La Cosecha del Futuro, como Dávila le ha llamado a su proyecto, está rodeado de pinos y dividido con plantas nativas como el colle, ceticio, quinual, mutuy y ágabe.

El quinual evita le erosión, explica Dávila. Luego, observa unas moscas azules escondidas en las hojas del colle, un arbusto hermoso pero que es el hábitat para las  zigarrillas, que pueden atacar los sembríos. El agrónomo piensa reemplazar el colle por la Pacha Salvia, otro arbusto de la sierra central, muy usado en la medicina natural.

— Los árboles —explica Dávila— son el complemento de la siembra de agua. Las tareas principales son las terrazas y las zanjas de infiltración.

Espejo de agua formada en una Qocha en el fundo La Cosecha del Futuro, la experiencia de siembra de agua en la comunidad de Masajcancha, distrito de Paccha, en Jauja.

Para construir las terrazas, el agrónomo utilizó piedras y tierra, alineadas en circularmente, siguiendo la forma que impone el cerro, de manera horizontal, nunca vertical. En sus bordes sembró árboles nativos para evitar la erosión.

Después de la terraza hay una zanja a manera de acequia, también en forma circular, denominadas zanjas de infiltración, que en conjunción con las terrazas evita que el agua de las lluvias discurra en forma vertical y permite que se infiltre en el subsuelo y descienda lentamente. Con este método la humedad de la superficie permanece más tiempo.

— Si derramamos agua de un cilindro —explica Dávila—, sin las terrazas el agua va a llegar al río en cinco minutos. Con las terrazas también va a llegar al río, pero en tres meses.

Al final de una de las laderas del cerro, donde la quebrada se estrecha, Dávila ha puesto tierra y piedras; suficiente para que se almacene el agua. Ahora, sobre esa tierra y piedras ha crecido champa, lo que ha permitido además la formación de una cadena de nueve micro lagunas artificiales.

Ahora, el agrónomo César Dávila se ha convertido, desde el uno de enero de 2019, en el alcalde de la provincia de Jauja. ¿Cuánta agua podrá sembrar en su condición de autoridad?

Ing. César Dávila Véliz en una ceremonia al agua en 2019.

—Al plantar los pinos no pensábamos cosechar agua —dice Javier Benito, el hermano de Wilfredo, en Huallquín Grande.

Los comuneros tampoco habían previsto que crecerían hongos comestibles cerca de los pinos. Pero ya van varias cosechas y han aprendido a preparar diversos potajes como ceviche y lomo saltado de hongos. Ahora tienen un proyecto con Foncodes para la instalación de una planta de secado de los hongos, que con las próximas lluvias crecerán en el bosque.

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